lunes, 19 de noviembre de 2012

Sesión continua - Lo que el viento se llevó

Antes de que llegara el viento todo era calma. Las ideas reposaban al sol, como ropa tendida por la imaginación; la creatividad, ese tesoro escurridizo que no todo el mundo parece poseer, se tomaba el tiempo necesario para conquistar a la inspiración, y los hechos, los actos, y los efectos de esa maduración florecían al salir a la luz del sol que iluminaba los resultados sin ser capaz de descubrir jamás grandes defectos. 
















Pero luego, más tarde, llegó el viento. El viento huracanado de las prisas, de la urgencia, del “lo necesito de hoy para hoy”, o peor aún del “lo necesito de hoy para ayer” chiste trasnochado y perjudicial sobre todo para el que lo cuenta. La sociedad enterase vio arrastrada por el viento. Todo se convirtió en consumo rápido, veloz, obligatoriamente inmediato. Una competitividad feroz terminó por imponer que las acciones fueran más rápidas que cualificadas, era más importante que estuvieran de inmediato en el escaparate social que el hecho de que convencieran de inmediato por su factura. Y, volviendo como siempre a lo nuestro, un buen diseño, como cualquier cosa bien hecha requiere de tiempo. Además, se puede asegurar que si no se emplea el tiempo necesario para organizar lo que se pretende, se tardará después el triple de tiempo, perdiéndolo en cambios, modificaciones, rectificaciones, etc. Tal vez se tarde una semana en hacer coincidir las agendas de los implicados, en definir los objetivos y calcular los presupuestos, pero de no hacerlo así tardaremos después tres semanas más en dar con la idea definitiva que ponga a todos de acuerdo.

Pero llegó el viento social y, mientras robaba el tiempo, intentamos explicárselo, pero nos replicó, con su fino bigotillo y su socarrona sonrisa de Clark Gable: “Francamente, queridos, me importa un bledo. Lo necesito para ayer”.

Así que terminas haciéndolo así y cuando sufridas las consecuencias de las prisas, observas los resultados, te dices a ti mismo, dramáticamente, como Escarlata,: “Juro que no volveré a pasar hambre de tiempo”.

Solo hasta que vuelve a llegar el viento, te azota inmisericorde con su desprecio del tiempo robado y repite imperioso: “No puede ser. Lo necesito para ayer”. Y entonces, cansado, agotado de pelear por lo que es lógico, te dices a ti mismo: “Esto es absurdo. Voy a hacerlo… y ya lo pensaré mañana”.

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