lunes, 7 de octubre de 2013

Sesión Continua - El Doctor Frankenstein


“El Doctor Frankenstein” en España, o simplemente “Frankenstein” en su versión original, fue el título del film de James Whale y Boris Karloff. El título de la novela original de Mary Shelley era, sin embargo, “Frankenstein o el moderno Prometeo”. Y es que, en efecto, el buen doctor, como el mítico titán, juega a imitar, ¡ahí es nada!, el poder de los dioses: crear un ser vivo desde la materia inerte. Y, para pasmo de propios y extraños, ¡lo logra!

Prometeo, según la mitología, creó a los hombres, y Frankenstein crea al que, muy probablemente, sea el monstruo más famoso de todos los tiempos. Y ahí llega nuestra pregunta: ¿Cómo es posible que semejante hazaña, semejante milagro, les convierta sin embargo en seres odiados y perseguidos, a él y a su creación?
























Reíros si queréis, pero en Pantuás lo tenemos claro: el responsable directo es el diseño.

Este es el resumen: uno de los logros más espectaculares de la ciencia y la historia, aunque se trate de la ciencia y la historia literarias, se convierte en algo más que un fracaso, se convierte en un horror, en una abominación. No es que no influyan otros factores en ese desastre, por supuesto, pero definitivamente ¿cómo iba a triunfar en los salones, por muy científicos que estos fueran, la exposición de semejante engendro?
A nosotros no nos cabe duda. Lo impresionante, lo que realmente tiene importancia es el hecho en sí de que se haya creado ese ser. ¡Se coge la materia muerta y se la da vida! No puede haber idea más sorprendente, mejor desarrollo de la misma, ni más sonoro logro. ¡El rayo definitivo logra levantar del camastro a la carne muerta y la vuelve a hacer pensar, vivir!

Pero ¿y el marketing?, ¿y el diseño? ¿Cómo no se le ocurre al doctor preparar primero el entorno, para que los demás asimilen y entiendan su idea y su atrevimiento? ¿Cómo no repara en que seguimos estando demasiado apegados a unos determinados cánones estético? ¿Cómo aceptar sin repulsión cambios excesivamente grotescos? 

La respuesta posible es que se trata de un auténtico científico y como tal alguien que concede importancia solo a lo que la tiene para él. No pretende vender nada, ni siquiera su éxito, solo quiere demostrarse a sí mismo que eso puede hacerse. Y si esa no es la respuesta, entonces se equivocó.

En cualquier caso nosotros no podemos permitirnos ese lujo. Nosotros emprendemos un negocio precisamente para vender nuestras ideas, nuestras creaciones, y por eso debemos tener en cuenta cada detalle, cada cliente y cada mercado, antes de lanzarnos a crear. 

De lo contrario, Frankenstein es la prueba: hasta creando vida podemos fracasar.
No podemos hablar más en serio, el diseño tiene una importancia primordial. Por supuesto que la idea es básica, la puesta en marcha de la misma fundamental, pero, precisamente por eso, el diseño también lo es. Porque no estamos hablando solo de la estética, sino del concepto de diseño que liga, fija, da coherencia y pone imagen a todo un plan de negocio, a la promoción de la idea, a su realce, a la diferenciación positiva de la competencia y a su adaptación al mercado en el que va a evolucionar. 

Concluyamos: el diseño debe acompañar al nacimiento de la idea y ser un componente vital del desarrollo de la misma. Aunque, en el caso del diseño, como en la obra de Shelley, la creación termine cobrando mucha mayor importancia y reconocimiento que su creador. ¡Como debe ser!

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